Planos amargos.
Simplemente lo sabían, ella no sabía cómo él con sus ojos agazapados la había atrapado, como una telaraña enreda suavemente a un insecto indefenso, no sabía cómo sus manos sin conocerlas conocían cada uno de sus poros, no tenía idea de que sus besos eran tan simpáticos ni tan dulces, y mucho menos podía imaginarse cuan sedienta de su propia voluntad se encontraba.
Él no sabía que había sucedido, no sabía cuál sería la diferencia, por que ella lo había engatusado con sus ojos apagados, por que su sonrisa triste lo había cautivado o por qué su aliento le abrazaba por las noches después de cada beso que se habría deslizado con una angustia dulce y una displicencia tierna.
Ninguno de los dos podía explicar esa falta de razón, pero a la vez tan certera necesidad, tan apresurada decisión y tan cobarde agonía. Una necesidad que se encontraba en las venas, que se percibía en la voz acaramelada de su voz varonil, en las notas de silencio que apreciaba de sus cabellos largos y negros como la desesperación misma. Verla causaba dolor, pena de no poder tenerla cerca, sofocado por sus silencios sabios y sus palabras inauditas.
Sus manos se posaron en sus pensamientos y logró encaminarla en tal dirección, sus piernas caminaban sin que su razón permitiese un atisbo de la luz del conocimiento, ella sabía que en sus venas la dulce espera sería más una incomodidad. Simplemente negó con la cabeza y aceptó con el corazón. Aquel miedo tan propio de lo desconocido que no lo es, el temor de equivocarse al saber que se tiene la respuesta correcta, el no sentido de la inexperiencia misma, el miedo al lastimarse y quemarse al tocar aguas tranquilas, permitieron que el derramase sus caricias en su regazo. Buscando una pequeña guarida de aquellas heridas en su piel aun yacían, con la certeza que esta vez no era en vano, él despojó sus poros sobre su piel llena de recuerdos no gratos, de alegrías apagadas por el tiempo, del peso de sensaciones a amargas a medias apagadas.
Ella permitiendo que se dibujasen nuevos planos amargos sobre su espalda, que se enfermase su piel con llagas ardientes en su ternura desbordada, apagando sus propios temores y acogiendo nuevos dolores con una sonrisa, procurando su nuevo pasajero se permitiese guarecer bajo su seno, entregando su calidez según ella vacía, dejando el temor de lo conocido que no lo es bajo las sábanas blancas. Suspira, ella entrega su caja llena de pensamientos enredados, él la entrega vacía esperando que ello signifique algo.
Simplemente lo sabían, ella no sabía cómo sus dedos se habían enredado en sus pensamientos y los habían manchado de colores inesperados. Él no sabía como sus ojos negros habían marcado su camino. No tenían idea que se habían enredado como en una telaraña a insectos indefensos.
viernes, septiembre 23, 2011
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