Una pequeña confesión...

Simplemente se me cruzó por la mente pensar acerca de lo absurdamente difícil que resulta acoplarse a otra persona, independientemente de preferencias sexuales, independientemente si se busca algo serio o no tan serio, independientemente del complejo comportamiento del ser humano, es tan fácil caer en la trillada excusa de que ello es demasiado difícil, demasiado duro, demasiado complicado y otro mil de epítetos que podrían encontrarse en un diccionario común que conlleven y confluyan al término miedo.

¿Miedo? Por supuesto, qué otro sentimiento que tendría a consecuencia el terminar antes de haber iniciado, qué otro sentimiento que embargue cada ser humano, qué otro sentimiento que podría llevar a la locura misma. Miedo a ser y dejar de ser, miedo a ser sometido, miedo no tener valor, miedo a tener miedo, miedo a aprender a aceptar la fragilidad de nuestra propia humanidad, miedo a necesitar, miedo a ser necesitado, miedo a no comprender y no ser comprendido, miedo a las ataduras, miedo a la libertad misma, miedo a no saber o de tener la certeza, etc. Miedo. Miedo formar parte del universo mismo.

Resulta tan cómodo instalarse en la zona de comfort, en la zona que nada duele, en la zona en la cual todo es fácil, en la zona segura, sin ni siquiera medir las consecuencias de tan tonta actitud. ¿Soñadora? Podría ser, quizás hoy me embarga le sentimiento sublime que prevalece justo en el momento en que la naturaleza te promete sentirte viva y permitir vivir, pero ¿realmente son pensamientos tontos de una joven anónima inspirada en esos días del mes?

Caminaba por ese sendero, vagabundeaba por esos lares, hasta el punto en el cual miedo se ha vuelto una palabra amiga, como dice mi madre: "el miedo hay que hacerlo nuestro mejor amigo". Y así hice, quizás por aburrimiento, quizás por simple curiosidad, o por que simplemente ya era hora, traté de emprender el viaje soñador de todos aquellos poetas inspirados, aquella aventura que solamente intrépidos han logrado llevar a cabo, aquello que mueve millones de vidas al mismo tiempo y se permite a la vez acabar con muchas de ellas, aquello que muchos buscan y pocos deciden realmente encontrarlo.


¿Sabes, mi querido amor anónimo, cuántas veces he tratado de escapar, la agonía de seguir, la desesperación de no dañar y muchas veces las intenciones de huir? Y aun más importante ¿sabes por qué no he realizado ninguna de ellas? Cuántas ganas de verte sonreír a diario, de evitar que cualquiera se acerque, no con afán de los estúpidos celos, por que ellos para mí no existen, si no con aquel afán de evitar que te dañen, evitar que te lastimen, como si no fueras hombre tratando de hacer los mismo o más por que la sociedad te lo impone, cuántas ganas de prenderme de tu cuello y no soltarme jamás, cuántas lágrimas derramadas en la soledad ruidosa imaginando lo difícil que eso es, el miedo que embarga cada mañana al despertar y las sonrisas desparramadas en mis sábanas por la noche...

No importa quién diga que ello es piltrafas, que ello es fantasía, que ello no existe, por que muy adentro de nosotros lo haces real, muy fuera de ambos lo intentas construir y muy aparte de nosotros al mundo le corresponde envidiar, que tu sonrisa y la mía solo existen segundos después de la vista furtiva, del escape aun no fracasado y las peleas que terminan al reírnos del viento y su color. ¿Miedo? A que no produce miedo escribir tantas letras juntas y saber que solo tu persona puede entender qué significa el palabrerío.


Y así poco a poco fui cayendo en el cuento que no importan las preferencias sexuales o si la búsqueda es furtiva, resulta difícil y complejo aceptarse y aprenderse para poder comprender la mitad de lo absurdo que ocurre cuando el miedo se desvanece y permite pasar a la oportunidad frente a la vista.

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