Café.

En algún momento perdí el rumbo de mi camino perdido,
bajo tu mirada insinuadora, llena de soledad, vacía de inclusión,
con olor a café y dulces de menta, me hiciste tomar un desvío.

Entre las bifurcaciones de lo que es y bajo la sospecha de mentir otra vez,
me haces suponer que los arcoiris existen aún.
Perdida en las palabras que gritas y que no me permito escuchar,
se encuentra la respuesta de por qué el café tiene olor a soledad.

Comprometida con perder mis pasos una vez,
prometiéndome día y noche sopesar y tener fuerza de voluntad,
te deslizas bajo mi almohada cada noche, sin preguntar.

Sin huellas que seguir, ni mapas que consultar,
decido sumergirme en el océano que en medio del desierto me haces buscar.
Mi taza de café se enfría bajo el sol, y tú, como remedio
me ofreces dulces de menta con sabor a libertad.

Tratando de entender tus respuestas vacías,
amarro los cordones de mis zapatos y salgo a correr,
cierro la puerta, tratando de esconder que una vez más te permití ceder.

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