Discusión.

Estábamos envueltos en silencio, cada uno miraba hacia su respectivo punto ciego, luchaban por no verse, por resistir aquella necesidad de aceptar su existencia. Cada uno gritaba sin cesar, en sus adentros, en sus enojos, en su silencio mental. Siempre el silencio lucha las peores batallas.

Fue difícil, fue cruel, fue extenuante. Sin embargo, el orgullo podía más que eso, podía alimentarnos tanto que era una batalla a muerte, ninguno de los dos pensaba dar su brazo a torcer. Era grandioso sentirme tan llena de poder, tan llena de seguridad, aun cuando mis lágrimas corrían a raudales hacia el exterior y yo trataba de no dejarlas salir.

Llegamos a nuestro destino, y traté de salir lo más rápido posible del vehículo, vencí mis deseos de tirar la puerta del carro, en señal de protesta y de enojo, pero tenía que mostrarme serena. Él no debía saber cuanto me había hecho perder el control. 

No sé cómo lo hace, o quizás sí, pero no quiero aceptarlo por aquello que mi orgullo me detiene a declararlo por completo. Toma mi mano, o me sostiene fuerte hasta sentir aquel calor tan suyo, y me hace enojar mucho más, pero, en ese minúsculo momento que sus ojos se cruzan con los míos, lo demás no importa, todo se detiene y mi orgullo paralizado se sostiene, se rinde y él sabe tomar lo que es suyo: yo.

1 comentarios:

Lempiras dijo...

a muchos nos pasa eso, cuando discutimos nos sentimos con poder y es bueno que descargues ese enojo para que no tengas sentimientos reprimidos despues

te invito a que visites mi blog saludos...

Publicar un comentario