Mi amiga, la vejez.

Me siento vieja. Sí, a mis cortos veinte años y la vejez se está acercando deprisa, sin pedir permiso, abriéndose paso en medio de mis telarañas mentales, en cada una de mis células, en las arrugas que empiezan a aparecer, en las palabras que utilizo, en la manera en que veo la vida, en la forma de proceder, en la música que escucho, en cómo camino, en cómo tropiezo, en fin, se abre paso sin importarle que no la he invitado.


***

Y tocó mi puerta desde que tuve la conciencia suficiente para reconocer que cada día vivido implica 24 horas menos para hacer cosas en el futuro. Ese día, que me encantaría recordar con detalle, descubrí que la vejez llevaba horas y horas tocando mi puerta, asomándose en la ventana y desesperadamente resoplando atrás de mi cuello. Babeando y quejándose de mi indiferencia. Quejándose de mis risas, de mis llantos, de mi lozanía.

Lamentablemente, cuando crucé miradas con ella, la dejé entrar. Noté su presencia, noté como se deslizaba lentamente como humo de cigarro, penetrando mi piel, penetrando mi pensamiento, penetrando mi alma. Y aunque intenté huir, la vejez llegó para quedarse. Tomó el control remoto y ahora (me)dirige a su antojo cuando mi fuerza de voluntad no se lo impide.


Veinte años, más de 7300 días haciendo cosas. Cosas buenas, cosas malas, cosas que no recuerdo. Veinte años y he hecho tantas cosas, y la vez tan pocas. ¿Adónde se han ido esos veinte años? Es que me hacen falta muchas vidas más para hacer todo lo que quisiera hacer. No me arrepiento ni de la mitad de las cosas de las cuales debería de arrepentirme, no hay por qué. He cometido errores enormes y he sobrevivido, para bien o mal, esos errores y caídas me hacen ser la mujer que soy hoy en día y la mujer que sigue construyéndose. Soy quien soy, por esos veinte años de los cuales recuerdo solamente fragmentos.


La vejez se ha empecinado conmigo, la siento sobre mi espalda y pesa demasiado; quizás yo tengo la culpa de que ella esté colgada de mi cuello. Le he permitido que mis inseguridades se apresen de ella, que mis miedos se escondan bajo sus faldas y que mi juventud le tenga miedo. Tan feliz me sonríe al otro lado del espejo, saludando cada mañana que veo mi reflejo, atemorizándome de que el día se ha ido y que el siguiente se aproxima, sin haber realizado nada productivo, un día más desperdiciado.


***


Cada mañana despierto pensando en lo que no quiero hacer, no quiero ir a trabajar, no quiero ir a la universidad, no quiero dejar de dormir, etc. Y esos días son los más pesados. Me he propuesto levantarme cada mañana a charlar con mi amiga la vejez, tomarnos una taza de café antes de salir al trabajo, sonreírle mientras cepillo mi cabello, cruzar la calle de la mano, hacerla partícipe de mi vida. 


¡Es que es tan tonto asustarse de la vejez!


Me prometido conservar el espíritu joven, he prometido hacerla testigo de mi vida, que me acompañe mientras pueda, pero no que controle mis decisiones o acciones, pues para ello la juventud se está encargando.


Sin miedo a titubear, lo digo, me siento vieja, veo las generaciones que corren justo tras mis pasos, pisoteando más rápido, en empaque más brillante, con ideas más frescas, haciéndome sentir como una lechiga marchita, pero ¿qué se le hará? Si lo pienso bien, yo hice sentir de esta misma manera a alguien más. Simplemente es un ciclo, así de sencillo.



***


Me siento, a mis cortos veinte años, me siento vieja. Siento cómo se acerca la vejez deprisa, en el aire que respiro y en la manera de querer, en las líneas que escribo y en la manera de correr. En todo, está presente. Sin embargo, he decido que será una compañera más, que la juventud le llevará la delantera, que el ímpetu será su competencia y que su sabiduría será lo único que tomaré de ella e impregnaré en mí.

2 comentarios:

Ruben Varela dijo...

Solo hablo de mi abuelo cuando es necesario, y creo que esta es una buena ocasión, mi abuelo era un hombre que antes de morirse tenía más actividad que cualquier joven, capaz de entablar una platica de aspectos cientificos con cualquier persona y eso que apenas si acabo la primaria, era un hombre maravilloso y el decía "la juventud se mide en la actitud con la que te levantas en el día a día"...sdos me gusto tu entrada muy personal, gracias por coemntar mi blog sdos

Fleurecí dijo...

Creo que todos a nuestros cortos 20 nos hemos sentido así, es raro, me gusta la conclusión, la sabiduría y madures, son mas importantes que las conciencias lánguidas y siegas, tontas, debemos aprender, pero no debemos dejar morir los ninios que todos llevamos dentro! buena vibra y a seguíd escribiendo... :D

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