Tan dulce como el primero.

Existe un primero y siempre existirá ese primero. Antes de ese día no sabía que existiría el segundo, a todo el mundo se le olvidó comentarme que sería tan dulce como el primero.


¿A qué le atribuyo esta sensación inesperada? Quizás recaería sobre el denuedo de tus dedos, sobre la avidez de tu mirada o sobre la zozobra que destilabas desde cada uno de tus movimientos.


Me confunde la indecisión que transpiras por los poros, que se diluye en tu aliento y que transmites en el tono de tu voz. Jamás te vi dudar, jamás te vi dudar. Jamás pensé que dudarías por mi andar.


Nadie jamás dijo que tan dulce sería, tampoco indagué que se sentía. Si al final de la fantasía existe una caída, permíteme desvanecerme en el rubor de mis mejillas. Permíteme desvanecerme en el recuerdo de tu osadía.


Ahora para mí, existe el segundo, el segundo tan dulce como el primero. Titubeo ante el recuerdo de tu mano jugando con mi cabello, de tu mirada vacilante, del furor de tus ojos negros.


Por que la dulzura de tu búsqueda hizo bambolear mis ánimos de acero, el segundo se volvió tan dulce como el primero. Y la lenidad de tus pasos tanteando hacia mi cuerpo, hicieron del segundo un mejor recuerdo del primero.


Tu mano sobre la base de mi cuello, el furor de tus dedos aprisionando el hálito de mis miedos, el tono de tu voz revoloteando en el silencio y las motas de ternura atoradas en el hecho, construyeron para mí un segundo más dulce que el primero.


Le atribuyo la dulzura a tu audacia emancipada y a la esclavitud de mis anhelos, a la ternura con que tomaste mi ingenuidad entre tus deseos.


La textura de paternidad que envolvía tus labios a los míos, impregnaron tu esencia hasta los gritos más silenciosos de mis pensamientos. Tan dulce es el segundo que ya me olvidé del primero, el segundo espera ser superado por el tercero.


Existe un segundo y siempre existirá el primero, me quedó a la espera que regreses pronto con un tercero.

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